Cuatro hombres muestran sus fichas para ingreso a la cárcel. Robo de auto, violación, homicidio calificado, y "se los dejo de tarea". Giran sus fichas y ahora muestran la palabra “Actor”. Es La espera, obra de teatro que representan quienes estuvieron presos en Santa Martha Acatitla y ahora actúan en la Compañía de Teatro Penitenciario.
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Dentro del penal de Santa Martha Acatitla, está por comenzar Xolomeo y Pitbulieta. El público ingresa al auditorio y toma asiento para ver la obra de teatro. Los ladridos suenan cada vez más fuerte. No hay perros, son los internos actores que ladran desde los bastidores.
POR MIGUEL JIMÉNEZ ÁLVAREZ
1.
Deben ser como las 2 de la tarde. Sólo sé que estamos en Manhattan y que, de pronto, mis ojos se instalan en un zoom de monumentales imágenes. Todas las escenas de películas, los taxis amarillos, el mundo de personas y los rascacielos alrededor, se me plantan con imponencia. Y no lo creo. ¡No puedo estar en Nueva York y ver todo como en televisión! Pero no hay subtítulos, tampoco le puedo poner Mute para detener las voces en inglés y otros idiomas indescifrables, menos parar el ruido del tráfico.
Como espectador, salgo de la escena y con mi hermano, entramos al Shake Shack para comer algo. Es como un McDonald’s, pero con escenografía de restaurante orgánico. Y con deliciosas hamburguesas. Lo compruebo por la que pidió mi hermano. Era como una Big Mac, pero con una carne irresistible. Me lamenté un poco de sólo pedir una malteada helada de vainilla. Pero me decía “¡Succióname y no pienses en nada más!”. Y le hice caso.
Ahora deben ser las 10 de la noche. Estamos en Times Square. O las pantallas que absorben tu mente y tu cuerpo. Entras como a otra dimensión, junto a norteamericanos, asiáticos, hindúes, europeos y latinos. Apenas y puedes moverte por cada centímetro de la banqueta. Cerca de tu oído, escuchas cientos de voces. Todos hablan, pero no importa lo que digan. Déjate llevar por las luces de las tiendas. O detente y compra un kebab en papel aluminio, como hizo mi hermano. Esta gigante tortilla de harina, que sostiene un pollo horneado, se nos aparecerá los próximos días. Está buenísima, pero además las calles se inundan de carritos callejeros con árabes que los venden.
***
OJOS PARA HABLAR
Visité Nueva York con mi hermano durante cinco días. No sé por qué no quería ir, como después tampoco me quería ir de ahí. Y entendí que era una ilusión. Me gusta más la de Gay Talese, una ciudad de cosas inadvertidas, como que los neoyorquinos “parpadean veintiocho veces por minuto, cuarenta si están tensos”. No tanto la de Elvira Lindo, donde debes “desconectar la alarma antiincendios para freír un huevo”. No sé quién no ame Nueva York, o aspire a no conocerla. A no interpretarla, a no escribir de ella. No podía faltar alguien más como yo que quisiera hacerlo. Como inocente turista que subía a un avión por primera vez.
Cuando despegó, me sentí en un juego de feria que se dispara de pronto, como si le inyectaran el turbo de un videojuego de carreras. Donde saldría GAME OVER. O sea, moriríamos. Pero llegamos bien, sin susto. Entonces bajamos del avión y empezó la película en inglés sin subtítulos. La veía pero no la entendía, por mi vergonzoso inglés. A un lado iba mi hermano veinteañero, por fortuna. Mi casi 1.65 y su casi 1.80, volteaba hacia su ser para preguntar. Escena obligada para quien no entiende el idioma y sólo pronuncia “¿Qué dice?”.
Maldito Dr. Pimsleur, me lamentaba. Me traicionaron sus sesiones de audiolibros para aprender inglés, que escuchaba por las noches semanas antes. De hecho, sosteníamos conversaciones. Él preguntaba cosas como How are you?, y yo le respondía I´m fine, thank you. Creo que sólo aprendí eso. No sé qué habría sido de no tener al hermano bondadoso-obsesivo. En pagar el viaje, la fast-food, traducirme y planear minuciosamente lo que haríamos. Y de paso, en ayudarme comprender el mundo emocionante y silencioso que viví en cinco días.
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¿Y QUÉ HICISTE AL LLEGAR A NIU YORC?
Al aire libre, retumban los trenes del Metro de Nueva York. Las calles vibran cada que pasa uno. Creía que en cualquier momento se descarrilarían. Parecía que estaban ahí desde el siglo XIX, o antes. Pero nos dejó en la estación West Farm, y cruzamos una avenida hacia el hotel Howard Johnson, en el Bronx.
Las mujeres que atendían el hotel eran dominicanas y a veces hablaban español. El cuarto del hotel tenía una cama king size con muchas almohadas. Me encantan estas camas, donde lo importante es nutrirse de almohadas. Y cuando despiertas, es como si salieras con el confort de un comercial de colchones. Desde ahí, accionaba Dish con el control remoto. Quería comprobar la diferencia con el Dish de México. Obvio los cientos de canales estaban en inglés (yo ahí esperaba mi Univisión). Entonces la pantalla iba de Comedy Central a HBO, a veces TRU TV o VH1 Classic. Duraban pocos segundos, siempre terminaba en BEIN SPORTS. Los partidos de fútbol no te piden que entiendas inglés.
El hotel sólo da servicio de desayuno y durante dos días, rondaremos por el comedor con tres mesas. “Afuera sólo será la comida”, dijo mi hermano. Entonces tomábamos jugo de manzana y naranja, un vaso de leche con bagel de queso filadelfia, pan de caja con mermelada o mantequilla, un plato de lo que parecían ser Zucaritas, y una manzana. Tras dos días de viajeros principiantes, entendimos que no era necesario. Llenan el estómago las pizzas, kebabs, hamburguesas y falafeles. Así que dejamos de acabarnos la comida del servicio. Aunque las dominicanas entraban cada 15 minutos para llevar más comida.
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NO SALDRÍA DE AQUÍ
Manhattan tiene la librería más grande a la que he entrado, Strand Bookstore. Con su enorme extensión, cuenta con tres pisos, sótano y mesas de rebajas en la calle. (perdón, Sótano de Miguel Ángel de Quevedo). En la Strand, compré un número de Granta, a la módica cantidad de 5 dólares (En ese momento, 75 pesos mexicanos). Y, oh, se alimenta de libros usados para completar los más de 2 millones que presumen tener.
Pronto, prefería estar en librerías y tiendas de cómics. Sin privilegiar un Barnes and Noble, Forbidden Planet, a tiendas independientes. Ridículo al tener tantas cosas para explorar y sólo quedarse en mundos ficticios. Salir de estas burbujas, era sentir la dificultad por respirar. Sus 10 metros sobre el nivel del mar, junto al viento y humedad de la ciudad, complicaban todo.
También prefería las librerías por encima de los museos. Aunque me gustó el MOMA, con una exposición de Bjork, y el Museo Metropolitano de Arte (sólo en la sección de animales disecados, he de aclarar). Y es que con tan sólo ver libros de escritores que conocía, me emocionaba (Inundaban anaqueles los postmodernistas irreverentes de Donald Barthelme, Tom Robbins, George Saunders y Stanley Elkin,). Quedaba embobado, con esto que sólo pueden parecer nombres soltados al aire. El lenguaje era mío pese a no hablar su idioma. Las librerías me entendían y me acogieron, no importaba si sólo conocía las historias desde el español. A mi hermano, aunque quisiera seguir su plan diseñado de visitar museos y lugares obligados, también le gustaba estar ahí. Entonces, varios días íbamos y regresábamos a estas tiendas. Eso sí, la Bibilioteca Pública me pareció tan inmensa como aburrida. Nunca cambies, Bibilioteca Vasconcelos.
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LOS COMPADRES
“¡Sí, guey!”, decían. “No mames, pendejo”. ¡Cayeron del cielo palabras en español! Con acento mexicano, pero también argentino, chileno, colombiano. Sólo volteaba con el mexicano. Llevaba tono norteño, y se acompañaba desde “carnal” a “puto”. Más que insultarme, creo que a veces me dan risa las groserías. Según quién las use, supongo. Aún así, una sonrisa se marcaba en mi cara. Veía a los compatriotas. Y ahí va el cliché, pero eso veía. A hombres de piel morena con bigote, o una barba de chivo. Viajan en metro, pero también trabajan en cafeterías o restaurantes. Y desde la cocina, se comunican en español. Qué chido, pensaba. Pero qué triste que no sepa hablar inglés.
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LO OBLIGADO
De su extensión alimentada de árboles, áreas verdes y caminos de concreto, tierra y piedras, por Central Park uno se puede perder. En uno de sus lagos, un puente ofrece un panorama de Manhattan con rascacielos. Es claro que sería el resultado de mezclar un Lago de Chapultepec, junto a una Alameda Central de 3.41 kilómetros de longitud, con una Avenida Juárez multiplicada.
La estampa de Nueva York es desde los 266 metros del Rockefeller Center. La ciudad rodeada de edificios, áreas verdes y calles inquietantes. Desde aquí, es como si tuviera el visor del arma de fuego Leon, el killer de El perfecto asesino. Como un Jean Reno que, desde un edificio, observa y le enseña a la pequeña Natalie Portman el objetivo a matar. También como si fuera espectador de las fotografías de Mar Shirasuna, y su inquietante belleza de que modelos posen en las esquinas de los edificios. Cuando estuve en la Estación Grand Central, me parecía que la había visto en Mi pobre angelito. Después vi un poco de Gossip Girl y dije Oh, estuve ahí, igual que Clair. Y hasta las famosísimas Joe's Pizza.
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| Vía Mar Shirasuna |
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LA REALIDAD
Gay Talese, el cronista que reveló a Frank Sinatra, ha descubierto La Gran Manzana como pocos. Nadie mejor que él para leerla. Según él, hay menos suicidios en Nueva York cuando llueve, “pero cuando el sol brilla y los neoyorquinos parecen felices, el deprimido se hunde más en su depresión y el hospital Bellevue recibe más casos de intentos de suicidio”.
Elvira Lindo, la escritora que vivió 11 años ahí, habla para los latinos que damos abrazos. Si vivirás en Nueva York, dice que no deberás pensar que estás solo casi todo el día, también tendrás que evitar el contacto visual y “no mirar a los locos, arreglárselas para no ver al mendigo que entra y está meando a tu lado; familiarizarse con la idea de que la persona que también come sola a tu lado quiera charlar contigo; ignorar a los que dicen que te envidian por vivir aquí (sobre todo en invierno); perder la vergüenza a llevarte algo que te guste de la basura o de la calle, lo hace todo el mundo”.
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¿ESTO ES EL DÍA A DÍA?
Incontables veces en un día, las sirenas de los bomberos resuenan por las calles; el Metro indica en sus pantallas los minutos en que pasará el próximo tren; artistas callejeros cantan con una voz que sorprende; los empleados de las tiendas sonríen y preguntan de dónde vienes. A veces hablan en español; la mayoría de las personas usa tenis New Balance; en la Apple Store hay WiFi público pero sólo se oyen voces incesantes; por las noches, hombres que parecen “normales” gritan por las calles, como si desearan romper los cristales de los edificios; cientos de personas hacen fila en el Radio City, para ser público en un show de la NBC; en Times Square, negros de 2 metros te pueden “regalar” un disco suyo, quieren que les dinero; los italianos; sí, todos los apartamentos de Manhattan tienen escaleras de incendios, como se ven en la tele; y en Brooklyn, las escaleras que llevan a la puerta de las casas.
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¿QUÉ OLVIDAS DE NUEVA YORK?
Pasamos por el restaurante del soup man de Seinfeld, pero no por la fachada de Tom’s Restaurant. Ignoré que ahí estaba el New York Times, The New Yorker, y más medios nomas para impresionarme por sus oficinas. Tampoco llegamos al puente de Brooklyn, a la Manhattan de Woody Allen. Y muchas otras cosas más, que mi ignorancia aún no descubría. Pero no lo haría a lo Elvira Lindo, quien sintiéndose un poco neoyorkina, sólo volvería a pasear como una turista, “puede que disfrutando únicamente de su imponente belleza, repita lo mismo que tantas veces escuché algo irritada: “Yo podría vivir en esta ciudad”.
Con luces y zumbidos, pero también en silencio, habla Nueva York. En el avión de vuelta yo quería regresar a su vida. A esa de luces y zumbidos, también de silencios, pero ya sin necesidad de subtítulos. No como absurdo protagonista dentro de los millones que hay ahí, sólo como un personaje más. Sólo espero que en el viaje de ida, el avión no se dispare de pronto. Y mejor vuele mi mente desde los rascacielos, o la Nueva York que no queremos vivir.
Por Miguel Jiménez
1.
Las personas gritan y chiflan y la escena se podría trasladar a un tianguis. Sólo que aquí hay aplausos, groserías y frases en doble sentido que van directo al ring blanco donde pelean los luchadores que provocan el “¡¡¡Eeeehhh!!!” del público. Y es que Stukita (técnico: máscara y pantalones azul) le aplica un nudo con espaldas planas a Pequeño Nitro (rudo: máscara negra con picos rojos y pantalones negros). Se rinde acostado en el ring, con el referee que se agacha para ver cómo está. Stukita ya festejó con sus seguidores técnicos que le aplauden. La Arena México tiene a la afición ruda expectante. Sin decir nada.
1.
Las personas gritan y chiflan y la escena se podría trasladar a un tianguis. Sólo que aquí hay aplausos, groserías y frases en doble sentido que van directo al ring blanco donde pelean los luchadores que provocan el “¡¡¡Eeeehhh!!!” del público. Y es que Stukita (técnico: máscara y pantalones azul) le aplica un nudo con espaldas planas a Pequeño Nitro (rudo: máscara negra con picos rojos y pantalones negros). Se rinde acostado en el ring, con el referee que se agacha para ver cómo está. Stukita ya festejó con sus seguidores técnicos que le aplauden. La Arena México tiene a la afición ruda expectante. Sin decir nada.
2.
“¡Pinches perros de azotea!”. “¡Juega más duro mi vieja, güey!”. “¡Mátalo: yo lo pago!”, son frases que aparecen como sonido ambiente en una voz ronca que se esfuerza por ser oída en toda la Arena México. La voz le pertenece a un treintañero de cabello corto con gel, la boca abierta y ojos pequeños dirigidos al ring. Cada que dice algo, es como si salieran las risas de un programa cómico de televisión con público en vivo. Sólo que aquí nadie le dice al público que debe reírse.
Atrás quedaron los gritos de las personas cuando los luchadores apenas y se pegaban. “¡Beeso… beeso… beeso!”, decían. “¡Puto, puto, puto!”, gritaron cuando Mercurio (rudo: sin máscara pero con colita de caballo, panzón con playera de mangas roja y pantalones azules) le chupó el pezón a Aéreo (técnico: sin máscara pero con cabello corto y pantalones azul claro). “¡¡¡Eeeehhh!!!”, fue la ovación del público rudo (antes técnico), que aplaudía al ver el festejo de los rudos por ganar la contienda. “¡Chinga tu madre!”, dijo la afición cuando el rudo Espíritu Negro -cada que dejaba en la lona a su rival técnico-, gritaba sin razón: “¡Arriba Donald Trump!”.
3.
En los pasillos de la Arena México, durante el descanso para la siguiente lucha, tres hombres fueron entrevistados. “Me gusta el ambiente. Uno se viene a distraer”, dijo Agustín ante la pregunta: ¿Qué te gusta de la lucha libre? “Es como una tradición de México: eso me gusta”, respondió el joven Alexis. “Que refleja parte de la cultura popular mexicana”, dijo el señor Héctor Pérez.
Agustín no se considera ni rudo ni técnico porque tiene luchadores favoritos que son rudos y otros que son técnicos. Alexis sí es “¡Rudo, rudo! ¡Siempre rudo!”, dijo. El señor Héctor Pérez cree que es “un poquito más técnico”. Los luchadores favoritos de Agustín son Marcela, Místico y Marco Corleone. Para Alexis, los que le han gustado “toda la vida” son Doctor Wagner y Atlantis. Al señor Héctor Pérez, actualmente le gusta mucho Místico, aunque antes le agradaba Satánico.
4.
El torneo femenil que festeja el 60 aniversario de la Arena México presenta a sus 10 luchadoras: en el bando técnico está Silueta, Marcela, Princesa Sugehit, La Vaquerita, Skadi; mientras que las rudas son Dalys, Eeuxis, Reyna Isis, La Seductora, La Comandante. Algunas llevan trajes que cubren el pecho y la cintura; otras playeras y pantalones.
El treintañero de cabello con gel y ojos pequeños hacia el ring da más frases para que el público se ría. “¡Ahora ya patense la pantufla!”, dice el treintañero. “¡Jálala de la cabellera!… ¡Y de los pelos también!”; “¡Ya se le salió la Kotex!”. Hombres y mujeres voltean hacia él y le avientan sus risas a la Arena México. Las señoras alzan su voz para que su risa resuene en la arena. Un niño de casi 7 años, piel blanca y cabello corto café también gira su cabeza y grita hacia el ring. Pero dice otras cosas.
Desde que inicia la pelea, las luchadoras ejecutan llaves que aniquilan a sus contrincantes, cayendo con la cara o espalda al ring. Sin embargo, esto es producto de que una luchadora se acerca a la otra, mientras que ésta la espera para que le haga una llave. Pronto, su rival cede y ahora ella tiene el control. La mayoría de las luchas de esta noche han sido así. (“Sus coreografías son hechas por artistas”, dijo la actriz María Conchita Alonso en el libro Sin máscara ni cabellera, de Lola Miranda Fascinetto)
Eso no impide que los aficionados recuerden –a veces viendo hacia el techo- la mejor lucha que han presenciado. Agustín señala que la suya es cuando le quitaron la máscara a “La Seductora”. Para el joven Alexis -quien lo rememora con los ojos brillando-, su mejor lucha fue la Máscara contra Máscara de Atlantis contra Último Guerrero. Para el señor Héctor García fue una que “no tuvo mucho renombre”, dice. “Fue en León, Guanajuato”, comenta. “No recuerdo con quién peleó El Vampiro Canadiense pero se lastimaron bastante. Incluso ahí tuvo que entrar Cruz Roja”.
Roland Barthes dijo en uno de sus ensayos del libro Mythologies que el espectador de la lucha libre entra en un mundo donde “Lo que importa no es lo que piensa, sino lo que ve”.
5.
“¡No te rindas, Magnum!”; “¡No sabes pelear!”; “¡Calaca tilica y flaca!”, grita el niño de 7 años y piel blanca con su voz infantil. Salta de su asiento y voltea su cabeza, riéndose y enseñando sus dientes de conejo al treintañero que provoca que la lucha libre dé mucha risa. “¡¡¿Qué, eso es el Kama Sutra?!!”; “¡¡Patéale las celulitis!!”; “¡¡Le va a dar cáncer de mamá!!”, dice él sin dejar de apuntar su mirada al ring, concentrándose en lo que ve y debe decir para que las personas se rían.
FOTO: Vivelohoy.com / OMAR ROBLES
FOTO: Vivelohoy.com / OMAR ROBLES
Por Miguel Jiménez
Empezaron con 600 discos y ahora tienen 8000 discos. La Roma Records es una pequeña tienda de viniles donde las personas no dejan de entrar a ella y pasar con sus manos de un disco a otro en los muebles donde se concentran éstos. En mi hojeada vi que van desde 150 hasta 800 pesos –los de las bandas más actuales.
La música indie-electropop es el sonido de fondo, mientras estoy a lado de la caja. Un chavo se está llevando un disco más. Y así ha sucedido con otros dos o tres en menos de una hora. Pagan, hablan, envuelven el disco en una bolsa de cartón, ya ha pagado, vuelven a hablar, ¡que ya se vayan!, pienso. Espero seguir preguntándole al de la caja –treintañero de piel morena, cabello corto en picos, lentes, suéter gris, pantalón de vestir y zapatos- sobre La Roma Records.
Hasta el momento sé que la tienda lleva 4 años, que él es uno de los socios junto a un amigo, quien con la liquidación de su trabajo como diseñador gráfico montó la tienda y que ahora los discos se los suministra una distribuidora de Estados Unidos.
Llega otro chavo a la caja y mejor saco un cuaderno de mi mochila para escribir preguntas. Igual y las que planteo son muy malas y por eso el socio de la caja responde indiferente.
Entra a la tienda una chica de piel morena clara y cabello morado, vestida de negro: con medias negras y botas Dr. Martens negras. La veo y regreso al cuaderno. Ella camina por uno de los pequeños pasillos, para revisar discos.
El chavo en la caja por fin se va pero entonces la chica de cabello morado se acerca a la caja, cuando ya tenía escritas las preguntas: ¿Cómo fue el contacto con la distribuidora?; ¿A qué crees que se deba haya un gusto por los discos de vinyl?; ¿En algún momento pensaron que la tienda tuviera tanta aceptación?
El socio de la caja sale de la división montada que conecta a una bodega con cajas que se alcanzan a ver. La chica vestida de negro busca un disco pero el socio de la caja no lo encuentra. Una chava lo tiene en sus manos y se lo da a la chica. “Gracias, muchas gracias”, dice ella. Por lo que escucho, valía 500 pesos. Va a la caja, lo paga, no habla y parece que se va a ir. Pero deambula por los pasillos.
Entra un hombre moreno, quizá cuarentón pero vestido como chavo: camisa de franela con cuadros verdes, pantalón de mezclilla, tenis negros. “¿Qué pasó, cabrón?”, le dice al de la caja. “¡Orita vengo que traigo cajas y dejé mal estacionada la camioneta!”. Habla rápido y sale de la tienda. Un chavo paga un disco en la caja.
Poco después, la chica de cabello morado también se va de la tienda. Pero permanece afuera. La vuelvo a ver. Ella ve hacia acá y después desvía la mirada. Igual y espera a alguien, pensé. Me sentí tan interesante que pensé en salir y hacerle la plática. Pero decidí asombrosamente: “Tengo que hacer estas preguntas”. La chica de vestido negro y medias negras regresó decidida y se puso en una de las esquinas donde esperaba. De forma insuperable, veía mis preguntas en el cuadernillo.
Con el socio de la caja desocupado, supe que los 600 discos con los que empezaron eran de su amigo diseñador; que la distribuidora de Estados Unidos los contactó a ellos, no ellos a ella; que el vinyl gusta por la melancolía y que montaron la tienda con la idea de “A ver qué sale”. “No te puedo decir cómo se llama”, responde cuando le pregunto el nombre de la distribuidora. “¡Eso no es cierto!”, dice al compartirle que, según una nota que leí, la mayoría de los compradores de vinilos no los escucha, sólo los conserva.
El hombre moreno con su camisa de franela de cuadros verdes regresa a la tienda para hablar. “¡El güey Rolando me caga. Para vivir en México necesitas tres discos y ese güey sólo tiene uno! ¡No mames. Es una pose!... ¡Que se cree bien vergotas. Es bien mamón!”, dice al entrar a la caja. Supongo es el otro socio, el amigo que invirtió su liquidación para crear la tienda de vinilos. “Mañana tenemos que estar antes de las 9. Ahorita me quedé de ver con Joselo”, añade al pasar cajas por la división montada que es la caja. Pronto, sólo hablan ellos por varios minutos. “¡¿Qué cajas usaré para poner discos, güey?! Nel, de cartón no aguanta”... Desde hace rato, pienso que no debería hacer nada ahí en la tienda, a lado de la caja. Pero me pongo a escribir los diálogos que dicen.
Sacan cajas y discos de la bodega con una inmediatez como si no hubiera un mañana para ello. El socio de la caja con su vestimenta formal de suéter y pantalón negro de vestir se dedica a sacar discos, cargar cajas y hacer caso de lo que dice el hombre de mezclilla y tenis negros, quien vuelve a hablar. “Rolando hizo huevos a otros güeyes ¡Como yo no estaba!... Se los chamaquearon. Rolando me parece una mamada: los trata con la punta del pie y cuando estoy yo los trata bien, ¡no mames!”
Poco después, el hombre moreno cuarentón permanece en la caja. Entonces le hago la pregunta obvia de que si estarán en un evento. “En el Vive Latino”, dice. “En un stand, como en el Vive organizan un Festival de Disqueras Independientes, nosotros participamos como sello discográfico”. Luego agrega que a lo largo del año están en 8 festivales y que tienen presencia nacional e internacional.
No baja el ritmo con el que sacan cajas y discos y mueven todo de la bodega. El hombre moreno de camisa de franela toma unas cajas y las lleva afuera de la tienda. Me despido del socio de la caja. “Va”, responde. Al salir, pienso si en la tienda –a excepción de los compradores que no dejan de checar discos- he visto algo diferente a cualquier otro negocio que no sea administrado por unos coleccionistas. ¿Ese es el amor musical que seduce para ir a una tienda de vinilos?, me pregunto. Quizá sólo deba apasionarte la música y el vinilo que buscas, con la casual coincidencia de que alguien más lo encuentre y te lo dé en la mano.
SOBRE MÍ
Miguel Jiménez Álvarez
Periodista de cultura y entretenimiento
Estudió Periodismo y edita Oorales, su blog de cultura pop. Ligeramente obsesionado con las revistas y con crear blogs. Read More








